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Cuidar la microbiota intestinal

Nuestra microbiota intestinal se forma esencialmente durante los primeros años de vida. Después, se mantiene relativamente estable en la edad adulta y recibe una gran influencia de nuestro modo de vida. 

Diferentes elementos pueden permitirnos sospechar que está recibiendo agresiones o se ha alterado.

En primer lugar, trastornos digestivos (dolor abdominal, incomodidad, hinchazón, trastornos del tránsito...) o infecciosos (infecciones ORL, broncopulmonares, urinarias, vaginales...), directamente relacionados con las funciones digestivas/metabólicas e inmunitarias de la microbiota. Pero también otros numerosos signos, puesto que la microbiota intestinal interfiere a múltiples niveles con nuestro bienestar y nuestro estado de salud: alergias, ansiedad, trastornos del humor, trastornos del sueño, migraña...

Inflamación y disbiosis

Actualmente, podemos medir el grado de inflamación digestiva determinando la concentración de ciertos marcadores y, por otra parte, se evalúa en enfermedades como el síndrome del intestino irritable o las EICI (enfermedades inflamatorias crónicas del intestino).

También se empieza a medir el grado de disbiosis determinando la concentración de ciertas moléculas fabricadas por las bacterias, como los ácidos grasos de cadena corta, que parecen tener efectos beneficiosos sobre la salud, o bien evaluando el tipo de bacterias que predomina en la microbiota, algunas de las cuales tienen un papel beneficioso, mientras que otras son más bien «proinflamatorias» .

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El principal factor que desempeña un papel primordial en este equilibrio es la alimentación.

Si bien una alimentación de tipo mediterránea se conoce desde hace tiempo por sus efectos beneficiosos sobre la salud, hace poco se ha demostrado que simplemente influye sobre la implantación de una flora bacteriana beneficiosa, en especial gracias a su riqueza en fibra (fruta y verdura fresca, cereales y legumbres) y en nutrientes prebióticos. 

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Pero esto no es todo; si no podemos suprimir todos los factores potencialmente dañinos para nuestra microbiota, por ejemplo ciertos medicamentos necesarios para nuestra salud, podemos actuar e intentar controlar algunos de ellos: el estrés crónico o mal gestionado, la falta de sueño, los contaminantes, el tabaco, el alcohol, las drogas, etc.
A la inversa, los estudios demuestran que la actividad física podría regular la microbiota intestinal de manera beneficiosa. 

Finalmente, podemos mantener o restablecer el equilibrio de la flora intestinal mediante la toma de probióticos. En efecto, aunque las investigaciones en este campo todavía deben continuar, cada vez más estudios muestran que el aporte de probióticos o de prebióticos puede tener un papel favorable sobre ciertas enfermedades: síndrome del intestino irritable, mejora de las defensas inmunitarias, prevención o tratamiento de la diarrea, especialmente en el lactante o relacionada con la toma de antibióticos, prevención de las cistitis o las micosis vaginales...

Fuentes:

  1. Prebióticos: compuestos no digeribles que, a través de su metabolización por las bacterias intestinales, modulan la composición y/o la actividad de estas últimas y, de esta manera, confieren un beneficio fisiológico al organismo.
  2. Probióticos: microorganismos vivos que, consumidos en cantidades adecuadas, son beneficiosos para la salud.